Mientras tanto voy a retomar la buena costumbre de escribir un diario y no sólo publicar las tonterías que me interesan en ese momento. Además, después de cuatro meses y medio, con difíciles comunicaciones, lo veo necesario para mantener a mi hermana al día de lo que hago. Sé que le gusta saberlo y que se lo pongo difícil para adivinarlo.
Comenzando por el primer día del fin: a las cinco de la mañana me metí en la cama, con el despertador para las siete, prometiéndome a mí misma que me daría tiempo, que me daría tiempo, que me daría tiempo. Me convencí, incluso vi la televisión en el desayuno y cuando estaban a punto de dar las diez me empecé a arrepentir de haber sido tan positiva. Ce me recibió en batín, no sabe lo infinitamente agradecida que estoy por el favor que me hizo. Papá estaba tenso porque ya era demasiado tarde, aunque no era él quien tenía que entregar su proyecto final.
Hacía sol. Dejé los planos imprimiendo, fui a la cafetería a donde vamos con Anita para poner orden a los archivos y grabar el CD que necesitan. Valiente el que ose aclararse con ellos. La taza huele a sardinas. También puede ser lo de siempre, que el poco dormir me vuelva hipersensible a los olores. Los camareros no dejan de mirarme, ya llevaba allí dos horas y se imaginaban teniendo que apagarme el ordenador para echarme.
Los señores de la imprenta me mandaron a paseo, y yo no quería, en Oviedo sólo conozco las calles de las tiendas. Entré en las más feas y me recreé lo suficiente para que el tiempo de espera pasara en el menor número de tiendas posible. A aquellas horas hasta los copisteros estaban insoportables. Y yo salí cargada con el proyecto, el ordenador, la parca y el bolso. Podría haber prescindido de la parca y del bolso, pero me sentiría desnuda.
Día de innovadores errores, en lugar de coger División Azul y subir esa cuesta horrible, me digo a mí misma que llegaré antes por las otras calles y que me cansaré menos. Hacía sol, no corría el aire, no era Gijón, no podía respirar, me iba a desmayar, estaba convencida, y encima empezaron a molestarme las francesitas.
La farmacéutica me dijo que debería cambiar de calzado.
Llegué tarde a la entrega, pero si comenzara a llegar temprano, perdería mi personalidad. De vuelta a Gijón, me ponía a hablar con cualquiera, sólo quería hablar, hablar y hablar. Y como no todo el mundo estaba disponible para escucharme, me puse a leer ese librito, Los caballos azules, que me regaló Ce porque le recordó a mí. Me da pavor saber que la gente puede pensar en mí cuando ve/oye cosas.
Cruzar Begoña, dar el rodeo por culpa de las obras de Parchís, recorrer la calle Instituto con el olor de las tapas ricas, cuando tenía hambre, por fin, Pelayo, los Pollitos, mi calle, ¡mi calle! No voy a volver a calzarme nunca más. Y mamá me tenía la comida preparada, merluza en papillote, receta que todo el mundo debe probar. Merluza en papillote con zanahoria y mostaza a la antigua. Lo de la mostaza es cosa mía, nunca me había gustado la mostaza, pero esta no sabe a mostaza. Y no tiene más que semillas de mostaza, vinagre y vino blanco.

Luego no sé qué hacer. Había dicho que lo primero que haría sería salir en bici... Lo primero que hice fue recoger la habitación, cambiar las sábanas, guardar la ropa en el armario, rescatar esa tela estampada con flores enormes. Me voy a obsesionar con las flores enormes. Y me siento y leo por fin-por fin-por fin lo que dicen de Alexa en la Elle. Si me muero, que me reencarnen en ella. Y en cuento cierro la revista, empiezo a pensar otra vez en qué hacer. Y a partir de ahí no me acuerdo de más, estaba tan cansada que me quedaría dormida, o vi la televisión, o no lo sé.
El sábado... ¿qué hice? Ah, salir a recados de mamá, acumulados a lo largo de la semana. Pero en el desayuno descubrí que vuelven a reponer todas las temporadas de Malcolm, ya tengo algo que hacer todos los días. Todo el mundo estaba muy nervioso por el huracán. Yo estaba triste porque quería salir. Fui al ático y se me presentó la oportunidad de aprender a tocar la guitarra. Ya tengo una cosa más que hacer con mi vida.
Esperábamos a la tormenta, no llegaba, yo repetía la escala y ellos jugaban al Fifa. En el Fifa hay una canción de The Whitest Boy Alive. Aprendí los acordes de La Bamba y al fin llegó la tormenta.

Ese es el cielo de huracán. Parecía que las ventanas fueran a venirse hacia nosotros, estábamos deseando ver una de esas antenas caerse abajo y empezamos a marearnos por la oscilación del edificio y tuvimos que bajar. Yo me fui, volví, corriendo, no rezaba pero no dejaba de pensar que era un buen momento para persignarme. Y como era sábado, me encontré con un montón de adolescentes borrachos entusiasmados con el temporal.
Fatigada, otra vez, me metí en la cama y no llegué a la mitad de Rudo y cursi, y esperé soñar con Diego Luna.
Y hoy, domingo, tostadas, Malcolm, Elle. Llevaba una semana justa sin montar en bicicleta y me aventuré a ir entre los coches, principalmente porque el Muro estaba abarrotado. Soy de esas personas que salen a la calle y se molesta viendo a tanta gente, pensando "¿Y qué hay del resto de la semana? Yo piso estas aceras cada día, ¡me pertenecen!". También soy de esas que les dicen a todo el mundo que van por el carril bici y que no están cruzando por donde deben. El domingo pasado un señor me contestó y me dijo: "¡Sois vosotros los que os estáis adueñando de nuestras calles!".
No, no quiero formar parte de la comunidad ciclista, realmente se creen los amos de la carretera, de las aceras y de los carriles bici. Es injusto. Y continuaré bajándome de la bici cada vez que se acabe el carril bici, pero no dejaré de gritar a los peatones que se metan por él.
¿Por dónde iba?
Fuimos al rastro, siguen sin tener de esas flores blancas que me gustan. Y no, no pienso comprar nunca claveles. Y criticamos, nos gusta criticar. Y planeamos viajes, nos gusta planear viajes. Y se nubló y empezó a tirar un viento feo y húmedo y volví a casa por la zona lisa, porque ya no había tanta gente paseando, ahora se agolpaban a las puertas de las sidrerías. Turistas. Turistas. A todas horas. Cada año es peor.
El resto del domingo no sé por dónde se fue. Hoy quiero casarme con Diego Luna para poder bailar como en Dirty Dancing 2 las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, las cuatro semanas del mes, los doce meses del año. Y luego el divorcio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario